viernes, 22 de octubre de 2010

De cargas y silencios


“No llevaré esa carga en mi conciencia” sentencia Él con gesto tímido, abrumado por el silencio del lugar. Aun a pesar de encontrase rodeado de gente cada uno va a lo suyo. Nadie se relaciona. Gran colección de soledades reunidas. Nadie mantiene una conversación por intrascendente que sea. Él la mira con las mandíbulas apretadas. Haciendo esfuerzos inútiles por no decirle algo que suene impertinente mientras recuerda nítidamente el primer beso, las primeras charlas al amparo del té, los primeros amaneceres abrazados. Las primeras fotografías semi-profesionales bajo el escenario espontáneo e improvisado de las calles  de su anciana ciudad. Las cientos de horas muertas en la cama desvistiendo trivialidades juntos. Él enumera mentalmente cada fallo, cada error consciente, todas y cada una de las veces que ella frunció el ceño por su causa. Hoy que ella no le da ninguna respuesta no puede hacer más que escapar de tierra firme y pasear por los recuerdos. Los recuerdos con ella. Los recuerdos de ella. Piensa que cuando llegue a casa no tendrá más remedio que sentarse a escribir. Aclararse. Tiene que salir de allí. Escapar de esa falta de comunicación. No. No llevará esa carga. No volverá a preguntarle si le ama. Él deja de mirarla y como accionado por un invisible resorte se da media vuelta. Avanza unos siete torpes pasos y no puede evitar reparar en el imponente cartel de la entrada. Tanatorio-cementerio municipal. “Tantos lugares recorridos juntos y desde hoy solo un sitio para reencontrarnos”

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